Las hojas que contenían las pruebas irrefutables de la falsificación se deslizaron por la mesa de centro, deteniéndose justo frente a Eleanor. El silencio en la sala de los Newman se volvió denso, pesado, casi asfixiante.
Eleanor clavó la mirada en los papeles. Su respiración se volvió errática y un temblor evidente comenzó a sacudirle las manos.
—¡Esto es una mentira! —estalló de golpe, levantando la voz con un hilo de histeria, aferrándose desesperadamente a su fachada—. ¡Son falsificaciones