Un par de días después, un jet privado aterrizó sobre la pista. Cassandra esperaba de pie junto a la pista, con los brazos cruzados y gafas oscuras, intentando que el ruido de las turbinas ahogara por un momento el maremoto que llevaba en la cabeza. Y, es que los últimos días habían estado cargados; no sólo de decisiones sino también de confrontaciones directas con Sebastián, y de emociones que ella todavía se negaba a procesar.
Necesitaba desesperadamente un respiro, y la llegada de su mejor