En el apartamento de Nueva York, Samantha se cruzó de brazos, tratando de encontrarle un sentido lógico al caos que las autoridades acababan de dejar tras su paso.
—En realidad, creo que no hay motivos para que siga escondido fingiendo ser alguien que no es —razonó ella, mirando a su prometido con seriedad—. Además, Sebastian y tú se han tardado mucho en hacer esto. Después de todo, él no es ninguna persona pobre ni un don nadie; tiene poder, tiene dinero y ahora está completamente estable. Pue