Una vez que ambos estuvieron ubicados frente a frente en aquella pequeña mesa del café, la tensión entre ellos se volvió asfixiante. El mutismo que se imponía en el lugar era demasiado incómodo; ninguno de los dos sabía cómo iniciar la conversación, ni existía un punto de partida claro. La historia que compartían estaba formada por demasiados hilos enredados, y sentían que, con solo tomar uno de ellos al azar, terminarían tirando del nudo entero y empeorando el desastre.
El sonido de las tazas