El estudio seguía sumido en el caos. Los libros yacían esparcidos por el suelo como hojas muertas, los cristales rotos brillaban bajo la luz tenue de la tarde, y las cortinas arrancadas formaban montículos de tela en las esquinas. Pero en medio de todo ese desorden, Joaquín y Mara permanecían abrazados, sintiendo que el amor que compartían era más fuerte que cualquier tormenta.
Mara fue la primera en separarse lentamente, secándose las últimas lágrimas con el dorso de la mano. Miró a su alreded