Adrián invitó a Victoria a cenar dos días después de notar que algo en ella había cambiado.
No tenía pruebas, pero la veía moverse por la mansión con una calma distinta, como si cada gesto ya no buscara pertenecer, sino despedirse. Eso lo inquietaba más que una pelea.
La encontró en el estudio pequeño, concentrada en sus planos, con muestras de material alrededor y una taza de café olvidada a un lado. Tocó la puerta.
Victoria levantó la mirada.
—¿Necesitas algo?
Adrián entró despacio.
—Quería sa