164. Visitas inesperadas
La sala de juntas huele a madera pulida y café recién hecho. El sol de la tarde entra por los ventanales, tiñendo la mesa de caoba con destellos dorados. Gabriel ya está ahí cuando llego, revisando unos papeles como si todo lo que ocurrió en mi oficina no hubiese pasado nunca.
Me siento frente a él, intentando mantener la compostura. Miro mis notas, ordeno los documentos, acomodo el bolígrafo, cualquier cosa para mantener las manos ocupadas.
—Llegas puntual —dice, levantando apenas la vista,