142. Calor compartido
No pasó a más.
Ni un beso, ni una caricia fuera de lugar, ni un intento siquiera. Solo sus ojos, sus manos recibiendo las mías, su calor y esa paz rara que me deja el recuerdo de estar a su lado sin miedo, sin disfraz.
Y no puedo decir que no lo deseé. Porque lo deseé. Moría de ganas de inclinarme sobre su rostro, rozar sus labios con los míos, ver si su aliento sabía a menta o a duda. Pero me contuve. No por temor al rechazo, sino porque quiero hacer las cosas bien con él. Con Gabriel.
Mien