Cuando Sergio salió al balcón, me vio dormida frente a la computadora, con la luz amarillenta iluminando mi rostro. Su mirada se quedó fija en mi rostro.
Podía sentirlo, pero simplemente no lograba despertar.
Después de un largo rato, escuché su voz llamándome con suavidad:
—Sasa...
¿Sasa? ¿Me estaba llamando a mí? Sí, era a mí.
Antes de entrar a los Jiménez, mi nombre era Sasa. Pero hacía muchísimo tiempo que nadie me llamaba así.
—Hermano, me llamo Sasa...
Frente a mis ojos apareció una dulce