Con su grito de dolor, le arrojé el café en la cara. Alberto saltó, limpiándose el rostro mientras maldecía —¿Estás loca mujer?
Apuntándole con la taza vacía, amenacé —La próxima vez que te pases de listo, te parto la testa con esto y te entrego directito a la policía.
Su camiseta blanca estaba manchada de café, su pelo goteaba café . Se veía patético. Aun así, seguía provocando.
—Sara, no creas que me asustas, no te tengo miedo, yo...
No escuché el resto, salí apresurado de la cafetería.
Alejan