Nunca supe que podía reír como una niña, que a mis veintitantos años podría experimentar la innegable sensación infantil de que me levantaran y me hicieran girar.
Aunque después de los giros alegres, me mareé tanto que no podía mantenerme en pie y tuve que quedarme por un instante quieta en los brazos de Sergio.
En ese momento, me di cuenta de que tal vez era otra de sus estrategias.
—De pequeña te encantaba que te hiciera girar así —susurró con delicadeza en mi oído.
Yo conocí a Sergio cuando e