34. La historia de Chica Pimienta
—Inocencia... despierta —una voz suave sacude mi hombro, interrumpiendo el sueño más placentero que he tenido en días.
Aún entre la somnolencia, parpadeo y trato de enfocar mi visión para reconocer al pecador que ha osado romper el sagrado descanso de una monja. Cabello rizado de un oscuro castaño y unos ojos grises que reconozco al instante...
—¿Mamá?
—Claro, hija. ¿Quién más podría ser? —me responde con una sonrisa—. Ahora levántate, que vas tarde al colegio.
—Pero, mamá... si ya tengo treinta