ANDREA
Francine me miró seriamente, con los brazos cruzados, apoyada contra la pared de la pequeña habitación del motel. Su expresión no era tan segura como antes, y por primera vez, pude ver algo parecido a la preocupación en sus ojos.
—¿Por qué no nos escapamos ahora mismo? —preguntó con voz baja pero tensa—. ¿Y si la policía ya nos está buscando? Quedarnos aquí es demasiado arriesgado.
La miré sin responder de inmediato, tamborileando lentamente con los dedos sobre la mesa mientras reflexion