MARCELLA
El frío y pesado cañón de la pistola se apoyaba con tanta fuerza contra mi sien que podía sentir el metal vibrar al ritmo frenético del corazón de Kevin. Mi costoso velo blanco se enredaba en sus dedos temblorosos, y el olor a sudor y cigarrillos baratos arruinaba el aroma de los miles de lirios que decoraban la iglesia.
«¡Te dije que jamás pertenecerías a otro hombre mientras yo respirara, Marcella!», gritó Kevin, su voz resonando en el alto techo de la catedral y provocando gritos de