Habían pasado treinta y seis horas desde la desaparición de la pequeña. Samantha estaba sin uñas y con amplias ojeras. Nadie había tenido ninguna noticia. Ninguna cámara las había localizado. Gina había trabajado en vano y los hombres de Manuel a pesar de no haber cesado su búsqueda, no habían encontrado nada.
En la mansión Montenegro los rostros de todos estaban menguados. El no tener noticias era casi tan desesperante como la desaparición en sí.
—Venga, gatica. Acuéstate un rato —dijo Marcos