Eran pasadas las seis de la tarde cuando Marcos entró en su apartamento. Paula estaba dormida en sus brazos con la cabecita apoyada en su hombro. Había sido una experiencia alucinante. Compartir con su pequeña era algo inigualable. Lo que menos se imaginó fue que nada más abrir la puerta lo recibieran gritos.
— ¿Pero qué carajos, Marcos? ¿Cómo demonios te vas con mi hija y no eres capaz de avisarme?
—Nuestra hija. Nuestra, que no se te olvide, gatica.
— ¿Pero es qué estás loco? Y encima apaga