Caía una fina lluvia cuando Marcos se despertó. La claridad asomaba por las ventanas aunque el cielo se veía encapotado. Algo que le venía de maravillas. Sam no podía escapar de sus garras. La noche anterior había bebido un pequeño vaso con zumo y había seguido durmiendo como si nada, pero cuando cayera en cuenta de donde estaba y lo que Marcos había hecho, estaba seguro que volarían los calderos.
La noche anterior había detenido el coche en un mercado que estaba abierto las veinticuatro horas