—Disculpa, ¿nos conocemos? —preguntó Eduardo a modo de saludo. No le había gustado un pelo como ese hombre había mirado a Georgina y a Alejandra y mucho menos la pregunta que había hecho.
—A usted no tengo el placer, señor. Pero de las damas soy un viejo amigo. Muy querido. —expresó haciendo énfasis en la última palabra.
—Soy Eduardo Montenegro. El dueño de todo este lugar y el padre de Alejandra, de Samantha y el casi padre de Georgina. Él es Marcos —dijo señalando hacia su derecha—, el vicepr