Esas palabras fueron suficientes para que Samantha mirara a su alrededor y comprobara efectivamente, que estaban solos en esa caja metálica. Y aunque sabía que solo tendrían escasos segundos antes de que las puertas cedieran al impulso de abrirse, un escalofrío recorrió su espina dorsal. Un escalofrió que no tenía nada que ver con el aire acondicionado y sí mucho con estar frente a ese espécimen.
“Por Dios, era casi imposible que ese hombre tuviera tanta perfección” fueron los pensamientos de