BALTHAZAR.
Cada vez que su cabecita inteligente tenía una idea yo tenía una erección. La hice pasar a mi oficina y enseguida los vidrios se oscurecieron, todos menos los vidrios de la ventana que da a la calle.
—¡Que hermosa vista! —llegó hasta el borde y apoyó sus manos del vidrio viendo la espectacular vista de toda Edimburgo.
—Hermosa en verdad —su culo quedó en pompas mientras ella se apoyaba y se pone de puntas y esa era mi hermosa vista favorita.
Caminé despacio, igual que un lobo cazando