Mi corazón saltó a mi garganta. Grité. La diversión y el peligro destellaron en sus ojos. La comisura de su boca se crispó. El imbécil disfrutaba viéndome retorcer.
—Tú me estarías haciendo un favor —escupí, sujetando una mano temblorosa con la otra mientras mi réplica salía a trompicones.
Demasiado tarde.
Demasiado tímida.
Sonaba como un gato intentando rugir.
Él se rio entre dientes, sus labios subiendo hasta mi oreja. Sin tocarme, solo aire caliente respirando en mi cuello.
—Lo siento. No m