* * *
Salvatore Greco salió de su oficina en el Senado a las nueve y doce de la noche. Su coche oficial lo esperaba en la entrada principal, pero un Mercedes conocido se detuvo antes. Reconoció al conductor de Enzo.
—El señor Moretti desea verlo —dijo el hombre.
—Pudo llamarme.
—Lo hizo. Usted no contestó.
Salvatore revisó el teléfono. Tenía una llamada perdida. Miró a sus escoltas y les indicó que siguieran el Mercedes.
—Ellos no vienen —dijo el conductor.
—Soy senador de la República.
—Esta n