38. El mensaje tras el pliegue
Elara casi corrió por la escalera curva hacia su habitación en el Ala Oeste. Su corazón seguía latiendo desbocado. La palma de su mano, que hacía unos minutos había sido rozada por el pulgar enguantado de cuero de Jaxon, ardía como si estuviera en llamas.
Cerró de un portazo la puerta de su habitación y le echó doble llave. Apoyada en la maciza madera, Elara cerró los ojos y respiró hondo.
La farsa en el vestíbulo de antes había sido demasiado perfecta. La mirada de asco de Jaxon, su tono de vo