—Le pido perdón—, dijo Carol, un escalofrío de anticipación la recorrió ante sus audaces palabras. Estaba fuera de lugar.
—Como tu paseo por estos pasillos—. Menos mal que la salvé. Sólo por eso merezco un beso.
—Ella realmente no merece nada…— comenzó a decir cuando, para su asombro, sintió una mano en su cintura y otra sujetándola por la nuca, debajo de sus brillantes rizos negros.
Menos mal que tenía el pelo recogido, pensó brevemente, de lo contrario lo habría estropeado por completo. Y a e