CRISTINE FERRERA
Grité con todas mis fuerzas cuando vi un par de ojos por el retrovisor, pero una mano cubrió mi boca, así que comencé a tocar el claxon con ambas manos, armando un escándalo en el estacionamiento.
—¡Tranquila! ¡Soy yo! —exclamó una voz femenina desde atrás. Entonces abrí los ojos y la vi una segunda vez por el retrovisor—. ¡Deja ese claxon!
Libero mi boca lentamente mientras mis manos estaban aferradas al volante y mi corazón se desbocaba.
—¿Donna? —pregunté en un murmullo mie