DONNA CRUZ
El silencio era tan profundo que parecía obligarme a concentrarme en el dolor de mis brazos. Había perdido la cuenta de todas las horas que llevaba esposada. La carne de mis muñecas ardía, como si el frío metal la estuviera cortando. Aun así, no me quejé, porque como bien decía mi madre: ella no tuvo hijas cobardes.
Entonces entró Jerry a la habitación con ese rostro serio y frío. Parecía que su sarcasmo y arrogancia solo lo usaba cuando estaba ante su enemigo, como un método de defe