DONNA CRUZ
—¡Cruz! ¡Llegó tu hora! —exclamó el oficial que dirigía al grupo de policías. Cuando vieron a Piero sobre mí, comenzaron a reír divertidos—. ¡Ya déjala! Se acabó la diversión.
Piero se mantuvo por breves segundos sobre mí, apoyado sobre sus manos, viéndome fijamente, parecía estar analizando mi rostro con atención, como si no me comprendiera.
Posé ambas manos en su pecho, empujándolo suavemente para indicarle que se quitara de encima. Ahora entendía que lo había hecho para cubrir l