ELIOT MAGNANI
Los policías la arrastraron hasta la silla que ocuparía y a regañadientes se sentó. He de admitir que su mirada furiosa y penetrante me intimidó, porque ni siquiera parpadeaba. Parecía que, en cuanto la soltaran, se me lanzaría y, de hecho, así fue. En cuanto no sintió las manos de los policías, se lanzó encima de la mesa.
Era sorprendente que una mujer tan pequeña y menuda fuera tan fuerte. Entre los cuatro tuvimos que sentarla en la silla y los policías terminaron por esposarla