JIMENA RANGEL
Permanecí tranquila, ecuánime, frente a la puerta del doctor D’Marco. En cuanto el hombre salió del hospital no esperó ningún citatorio, simplemente juntó a su grupo de abogados y comenzó a llenar mi correo electrónico de peticiones estúpidas como revisar exhaustivamente mi caso. Si creía que iba a entregarle todo en bandeja de plata para que lo destazaran y me dijeran que usar y que no, estaba estúpido.
Cuando estaba dispuesta a tocar una vez más la puerta, una mujer joven y pel