DONNA CRUZ
El acero de las esposas comenzaba a cortarme las muñecas, aun así, seguí caminando con una gran sonrisa, viendo a personas mil veces más peligrosas que yo esperando su juicio. Era irónico, mi crimen era decir la verdad en voz muy alta, la de ellos matar, violar y robar. ¿En verdad podían echarnos al mismo costal? Bueno, para la justicia éramos la misma clase de escoria.
—Serás procesada… —dijo el sargento Esposito obligándome a sentarme entre un violador y su víctima, porque sí, el h