En el auto de regreso a la casa de mis padres, reina un silencio absoluto, algo que no ocurre con frecuencia. Mi padre está tan serio que no nos atrevemos a decir ni una sola palabra.
—Litia, vas a arreglar las cosas con tu marido o a divorciarte, y tú vas a parar de hacer manitas con ese doctor. No sé qué diablos se traen Vico y tú entre manos, pero se han casado y van a tener un hijo, así que actúen en consecuencia. —Hemos llegado a casa y de inmediato mi padre ha tomado cartas sobre