Capítulo veintiocho.
No escucho los latidos de mi corazón.
Tampoco presto atención a nada más alrededor. El cuerpo actúa por si solo y me dirige a toda velocidad hasta las escaleras del hotel. No hay tiempo para esperar el ascensor y lo único que sigue rebobinando en mi cabeza es aquella risa maliciosa.
Como si esto fuera un maldito juego para él.
Sostengo los barandales que me llevan arriba con fuerza aunque se resbalan por el sudor. Subo los escalones más rápido de lo que alguna vez creí.
No estoy aliviada en abs