Capítulo treinta y siete.
Los rayos del sol son los que me obligan a abrir los ojos la mañana siguiente.
Mi ceño se frunce al primer contacto de la luz con mis ojos y tengo que parpadear unas cuantas veces para acostumbrarme mejor. El cuerpo se siente pesado, sobre todo las piernas, y en cuanto imágenes de la noche anterior aparecen en mi cabeza, un leve estremecimiento recorre mi piel.
Escondo una sonrisa tonta contra la almohada.
El colchón del otro lado se siente vacio y lo compruebo cuando me doy la vuelta. Así que