Capítulo treinta y cuatro.
—Vaya, pensé que me recibirías de una mejor manera. Ya sabes, un café, un trago, ¿un “¿como estás, cuñadito?” “que bonito volver a verte”? —sacude la cabeza en negativa y estira su cuerpo con flojera.
Le doy una mirada incrédula.
—Te metiste en mi apartamento a la fuerza.
—Si lo dices de esa manera, haces que parezca que soy un ladrón.
—Ladrón, matón, mafioso. No hay mucha diferencia.
Él sonríe para luego acercarse hasta la cocina como si se tratara de su propia casa y abre la nevera, sacando u