Las siguientes veinticuatro horas fueron una pura tortura envuelta en normalidad.
Elena se movía por la casa como si nada hubiera pasado, llevando otro de esos vestiditos cortos que apenas le cubrían el culo, sonriéndole dulcemente a papá mientras preparaba el desayuno, y rozando “accidentalmente” mi mano cada vez que pasaba junto a la cafetera. No podía mirarla sin recordar la gruesa polla negra del strap-on abriéndome, el sabor de su corrida en mi lengua y la forma en que me había hecho chorr