La seda negra del pasamontañas se pegaba a la frente sudorosa de Shania como una segunda piel mientras cerraba con cuidado la pesada puerta del estudio, casi sin hacer ruido. La luz de la luna se colaba entre las persianas de madera entreabiertas, dibujando barras plateadas sobre el escritorio de caoba pulida y la caja fuerte de la pared que acababa de abrir con dedos temblorosos pero expertos. Sus manos enguantadas aún vibraban por la adrenalina del último giro del dial cuando las luces del te