Se detuvo. Buscó mi rostro.
—¿Bien?
—No pares —dije inmediatamente.
Presionó más profundo. Lento, constante e inexorable. El segundo barbell entró en mí y lo sentí con total claridad: el relieve del metal arrastrándose contra mi carne sensible. El sonido que salió de mí fue algo entre un jadeo y un gemido.
—Dos… —Mi voz ya sonaba destrozada.
—Buena chica. —Tenía la mandíbula tensa, los músculos trabajando, los brazos que me enmarcaban temblando ligeramente por el esfuerzo de mantenerse lento