A la mañana siguiente me desperté con el olor a café recién hecho, más fuerte que la avena del día anterior. Mi cuerpo se sentía rígido, como si hubiera corrido un maratón mientras dormía, pero la luz que entraba por la ventana era más brillante, prometiendo un día más despejado. Me quedé allí un minuto, escuchando a los hombres moverse… ollas chocando, sillas arrastrándose.
Una parte de mí quería quedarse enterrada bajo la manta, fingir que todo era una pesadilla, pero el hambre y la necesidad