Asentí, terminando mi plato en una especie de niebla. El vino zumbaba en mi cabeza, difuminando los bordes del miedo y algo más oscuro. Cuando terminamos, ellos recogieron la mesa. Me retiré a mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí.
Tumbada en la cama, miré fijamente el techo, con el pulso acelerado. Los toques, las miradas… no eran accidentes. La tormenta me había dejado varada, pero estos hombres… ellos eran la verdadera trampa cerrándose a mi alrededor.
Las horas se arrastraron, las