Bajé las escaleras, Sarah me esperaba, ajena a todo. El trayecto a casa vibraba con una promesa no dicha. Ese beso se había quedado más profundo, removiendo deseos que aún no había nombrado. La fraternidad me iba atrapando, hilo a hilo, y yo no me resistía.
Los días después del evento de rush se difuminaron en una neblina de clases y ensoñaciones persistentes. La clase de Psicología se arrastraba con discusiones sobre lapsus freudianos, pero mi cuaderno se llenaba de garabatos de palos de lacro