Antes de que pudiera suplicar de nuevo, él inclinó las caderas y volvió a entrar, la gruesa cabeza separando mis labios con un chasquido húmedo, enterrándose hasta la raíz en un empujón implacable.
Grité, el sonido rebotando contra los techos altos, pero él me tapó la boca con la palma, convirtiéndolo en un gemido desesperado y amortiguado. Sus ojos ardían clavados en los míos, oscuros y dominantes, mientras empezaba un nuevo ritmo… retiradas largas y medidas que arrastraban su verga por cada n