Nos quedamos así, unidos, jadeando, el pulso del club desvaneciéndose en segundo plano mientras la realidad volvía poco a poco.
Aún recuperábamos el aliento cuando Jax se retiró, su semen goteando por mis muslos, pero sus ojos ardían de hambre, como si no hubiera terminado de reclamar cada centímetro de mí. Me agarró las caderas con firmeza y me levantó del suelo con una facilidad impresionante.
Mi espalda chocó contra el frío azulejo de la pared del cubículo, el escalofrío contrastando con el