Llegué a la mansión cuando el sol apenas comenzaba a esconderse. El trayecto en auto fue un suplicio, con las imágenes de las fotografías clavándose en mi mente como estacas. Sentía que cada kilómetro que me acercaba a casa era una mentira más que debía representar.
Al cruzar la puerta, me puse la máscara de padre perfecto. Era agotador, una farsa que me obligaba a ignorar el veneno que circulaba por mis venas. Pero los niños no merecen cargar con las culpas que no les pertenecen, y eso fue lo