LOS OJOS QUE LO DESARMARON

Pov Nikolái

La puerta se cerró tras ella con un golpe seco que resonó con fuerza. Me quedé completamente estupefacto en la cama de aquel hospital privado, observando el cheque arrugado sobre las sábanas. Ninguna mujer me había gritado jamás de esa manera, ni mucho menos había despreciado mi fortuna con tanta soberbia.

Su piel trigueña y radiante seguía grabado en mi mente como un fuego sagrado que se negaba a apagarse. Tenía un cabello negro, largo y semi ondulado que caía libremente sobre sus hombros, dándole un aspecto indomable. Pero lo que realmente me desarmó fueron sus ojos cafés, cargados de una furia tan pura que desafiaba mi autoridad.

Ahora entendía perfectamente por qué mis gemelos se habían aferrado a ella con tanta urgencia en medio del peligro. Sasha y Mila habían encontrado un refugio en su mirada, una calidez humana que yo no sabía cómo darles desde la tragedia. Aunque Abril no fuera la misma persona, en el fondo de sus ojos cafés hubo un destello oscuro que me recordó a Katia.

No el rostro, no los gestos, nada físico realmente. Era esa misma intensidad, esa capacidad de sostenerle la mirada a un hombre sin pestañear, la misma seguridad que Katia tenía antes de convertirse en la mujer que casi me cuesta la vida.

Dos años en coma. Una cicatriz que me cruzaba la cara para siempre. Y todo porque confié en quien no debía.

Pero lo que más me sorprendió de Abril no fue su innegable belleza, sino su absoluta y magnética seguridad.

Ella estuvo frente a mí, mirándome con orgullo y fijeza, sin mostrar un solo segundo de incomodidad por mi marca. No vi compasión ni asco en su rostro, solo una dignidad inquebrantable que me dejó completamente hipnotizado en este cuarto.

—Quiero que investigues absolutamente todo sobre esa mujer antes de que termine el día —le ordené a mi asistente, apretando los puños con fuerza—. No dejes un solo cabo suelto en su pasado.

—No creo que sea una buena idea escarbar en su vida privada —replicó Dimitry, dando un paso adelante con una profunda preocupación en su rostro—. Podríamos meternos en problemas.

—No te he pedido tu opinión sobre mis decisiones personales —le espeté con un tono firme que no admitía réplicas ni dudas de ningún tipo—. Averigua quién es su familia, de dónde viene, cómo se llaman sus padres y quién es su esposo actual.

—Esa mujer solo traerá problemas innecesarios a la familia Ivanoff —insistió Dimitry—. Su actitud es demasiado sospechosa.

—Te ordeno que cierres la boca y obedezcas mis palabras de inmediato —sentencié, sintiendo cómo el dolor de mis heridas aumentaba por el esfuerzo físico.

No podía olvidar el hecho de que ella, sin importarle lo que pudiera pasarle, tomó la decisión de salir sola a la calle.

Arriesgó su propia integridad para proteger a mis hijos de esos malditos mercenarios que nos emboscaron salvajemente en la carretera. Su valentía merecía mi atención, aunque su arrogancia me hubiera provocado un tremendo dolor de cabeza y una profunda intriga.

—Te pido una disculpa por mi impertinencia —Dimitry, bajo la cabeza en señal de absoluto respeto—. Ahora mismo me pondré en contacto directo con el mejor investigador privado.

—Investiga también el motivo de mi accidente —agregué, antes de que se diera la vuelta—. Estoy seguro de que Marko Volkonsky estuvo detrás de todo esto. Le quité la firma con el conglomerado suizo hace dos semanas. No creo en las coincidencias.

Horas después, el teléfono vibró sobre la mesita. Era un número de Rusia. Sabía quién era antes de contestar.

—Abuelo —saludé, forzando un tono tranquilo.

—Nikolái, hijo mío. ¿Cómo va todo por Chicago? La constructora, ¿sigue siendo la número uno como te enseñé? —La voz del viejo patriarca, Vladimir Ivanoff, sonaba fuerte a pesar de sus años.

—Todo perfecto, abuelo. Los proyectos avanzan según lo planeado. No hay de qué preocuparse.

No le mencioné el accidente. No quería alarmarlo. El viejo ya tenía suficiente con su salud.

—Era lo menos que esperaba de un Ivanoff —dijo con orgullo—. Eres sangre de mi sangre. Escucha, te llamo porque ya no puedo esperar más. ¿Qué pasa con Irina? ¿Cuándo formalizarás ese matrimonio? Es una buena mujer, de nuestra gente.

Suspiré, apretando el teléfono.

—Mi respuesta sigue siendo la misma, abuelo. No me casaré con Irina. Ni con ella ni con ninguna otra mujer. No estoy hecho para eso.

El silencio del otro lado duró unos segundos. Luego su voz bajó, más grave, más cansada.

—Nikolái, pronto dejaré este mundo. Lo único que quiero es verte feliz, que rehagas tu vida. Tus padres ya no están. Los gemelos necesitan el calor de una madre. No pueden crecer solo con niñeras y un padre que trabaja todo el día.

—Les doy todo lo que necesitan, abuelo. Educación, seguridad, todo.

—No es así y lo sabes —replicó con firmeza—. Tu padre fue muy estricto contigo, te marcó. Por eso eres distante con los niños. No sabes cómo demostrarles tu amor, pero yo sí veo que lo sientes. No te cierres, hijo. Deja que el amor llegue a ti. No todo es traición como lo que viviste con Katia.

Me quedé callado. Por un momento, los ojos cafés de Abril aparecieron en mi mente, claros, valientes. Esa mujer que me había desafiado y salvado al mismo tiempo.

—No te preocupes por mí, abuelo —respondí al fin, con la voz más suave—. Yo sabré encontrar una buena esposa. Te lo prometo.

Colgué la llamada y me quedé mirando el techo de la habitación. El peso de las palabras de mi abuelo se mezclaba con la imagen de Abril. Mientras me preguntaba por qué, de todas las mujeres que había conocido en mi vida, era el rostro de una desconocida el que se negaba a salir de mi cabeza.

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Alicia Muy buen capitulo
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