Isabella
El pequeño cuenco de barro se agrietó cuando Freya presionó el pilón con demasiada fuerza.
No se detuvo a mirar la fisura; sus dedos ya se deslizaban hacia el siguiente frasco. Sacó hojas grises y secas que olían a vinagre y tierra vieja. Su pulgar untó una línea de pasta verde sobre la mesa de madera mientras trabajaba.
Freya dejó caer la mano y sus nudillos golpearon el borde del mortero.
Las piernas de Pedro Genaro se sacudieron bajo la pesada manta de lana. Sus dedos del pie se cur