Isabella
El peso de la diadema de zafiros y plata sobre mis sienes no se sentía como una carga, sino como el anclaje definitivo de mi loba a la tierra que la vio nacer.
El cristal veneciano del vestidor no había mentido: la mujer que cruzaba el umbral del Gran Salón ya no conservaba ningún rastro de la cautiva rota que había caminado entre las sombras del sur. La seda azul de medianoche de mi túnica barría las losas con un siseo majestuoso y, a cada paso que daba, las miles de cuentas de cuarzo