Ciento setenta y cinco

Isabella

El silencio que siguió a la advertencia de Vane era una losa de plomo.

Pedro permanecía a mi lado, sus músculos tensos como cuerdas de arco a punto de quebrarse. Yo podía sentir su calor, el aroma a tierra húmeda y cedro que siempre lo acompañaba, pero también percibía el pulso errático de su angustia. Él estaba atrapado en el limbo de su propia

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