Isabella
El crujido de los pesados portones de hierro al cerrarse a espaldas de la comitiva fúnebre fue el sonido que verdaderamente sepultó una era en la finca del norte.
No hubo necesidad de proclamas reales en los patios, ni de trompetas que anunciaran a los cuatro vientos el colapso del régimen de los usurpadores; el cambio en la marea del poder se manifestó en la sutil y aterradora precisión con la que el destino barajaba de nuevo sus cartas.
El aire del pasadizo subterráneo, denso, cargad