Pedro Genaro
El gran salón se sentía hueco, el aire viciado con el olor a piedra mojada y polvo antiguo. Me detuve en el umbral, mis botas crujiendo sobre los escombros que aún cubrían el suelo. Las pesadas puertas de madera estaban apuntaladas, dejando entrar una fina franja gris de luz matutina. La luz golpeó el estrado, iluminando las profundas hendiduras donde la piedra había sido destrozada durante la lucha.
Caminé hacia el trono, mis piernas moviéndose con un ritmo pesado y mecánico. Cada