El salón del consejo quedó sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido de las antorchas y el distante retumbar del oleaje contra los acantilados. Mia podía sentirlo en sus huesos: el mar ya no golpeaba la costa con su ritmo habitual. Ahora era un latido irregular, como el corazón de una bestia herida que se prepara para el contraataque.
Alanys fue la primera en romper el silencio. Se acercó a la mesa con paso firme, su armadura aún manchada con el líquido rojo de la playa,